Dormir en la calle, bañarse en la fuente, comer en el suelo

El cuerpo tiene memoria. Ha sido partir hacia el Ganges y comprobar que recuerda nuevas posturas y ejecuta con naturalidad ritos callejeros como el de encontrar un lugar tranquilo donde descansar en medio del bullicio. El camino puede ser un hogar, tal y como me enseñó el Ebro. Lo levanto al distribuir mis escasos bienes en función de las necesidades del día, hacer lo que necesito como si estuviera sola en mi habitación, caminar como quien pasea hablando consigo misma… Habito el lugar que piso como cualquiera de los que esperan en estos andenes. Aún no me atrevo a lavar mi ropa en los caños de las estaciones pero hago otras cosas, como abrir un libro, sorber el agua de coco (me estoy haciendo adicta), tomar un bolígrafo y arrancarme a escribir.

Garabatear en mi cuaderno de viajes genera interés. Cada vez que he levantado los ojos para volver al lugar en el que estaba escribiendo (es decir, cada vez salido de mi casa invisible) me he topado con una mirada detenida. No me había parado a pensar que el alfabeto bengalí tiene otros signos y que se escribe de izquierda a derecha (de ahí la espectación) aunque tampoco me he encontrado con nadie leyendo o escribiendo en la calle y sí he visto orinar, dormir, bañarse y, en breve, quizá, morirse.

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La mujer que se sentó frente a mí en el primer trayecto en tren me comentó que mis letras eran muy bonitas. Al encontrarme con su sonrisa de satisfacción me di cuenta de que llevaba largo rato observándome. Al mismo tiempo que le devolvía el cumplido (la escritura bengalí es antiquísima, tiene sus comienzos hacia el 1100 a. C.) recordé a un ser querido que nada más conocerme me pidió que le enviara un texto escrito con mi puño y letra como una sublime forma de acercamiento. Sucedió hace una vida  ¿O fue ayer?

La cadencia de la palabra escrita a mano, los trazos sensuales de la tinta en el papel, el nervio, el estado de ánimo, comprobar que el rapto deshilacha las vocales y que cuando una idea, al fin, llega, esponja el trazo. En eso me quedé pensando mientras miraba por la ventana y jugaba con mis tres nueces.

Ahora, quienes me acompañan en el tren que lleva a Varanasi me han invitado a un te. Hemos pasado las suficientes horas junt@s (más de doce) como para que se sientan en confianza y me pregunten qué hago. Me oigo decir: “Quiero escribir sobre el Ganga, qué sucede a su alrededor”. Es la primera vez en estos días que no menciono en primer lugar el amor.

Mostramos nuestras cartas, la mujer que ha dormido en la litera de enfrente canta música folk bengalí en la intimidad pero sus hijos lo hacen de manera profesional. Forman parte del grupo Bolepur Bluez como guitarristas. Me muestra una canción en su móvil. ¡Me encanta! Recuerdo a la familia de Toni y su relación con la música. Lo comento con orgullo.

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Minutos después quien me interpela es la mujer que ha dormido debajo de mi litera. Su padre también escribe libros, en inglés. Precisamente está creando uno y lo lleva encima. Abre la maleta y saca un cuaderno grande en el que, con letra impecable, el hombre que nos mira en silencio cuenta una larga historia para adolescentes. Comenzó a narrarla el 23 de octubre de 2014; ahora va por el capítulo 15. Me impresiona que no tenga ni un tachón. Es evidente que no duda cuando escribe, debe de tomarse su tiempo. Le pregunto por su proceso de creación. Parece fácil y no lo es en absoluto: primero se queda en silencio para comprender de qué le toca hablar; tras escuchar su voz interior piensa qué quiere contar y el cómo le va saliendo poco a poco, casi obedeciendo a un dictado mudo. Exclamo en alto que estamos de suerte porque en ese rincón del tren somos muchas las personas creativas y lo celebramos con risas. Sangeeta (así se llama la mujer que canta) añade que por eso nunca estamos sol@s: ella viaja en diálogo con sus canciones y nosotr@s (el hombre callado y yo) con nuestros textos.

Volvemos a guardar silencio. Aún faltan un par de horas para alcanzar Varanasi y yo me he quedado con mi historia a medio escribir. ¿Qué estaba contando? Mmmm, ah, sí, que anoche, en el hotel “City Pride” de Navadwip el celador me dejó su silla al ver mi postración ante la hoja en blanco y que eso me hizo recordar que mis diálogos con la escritura levantan habitaciones a mi paso. Sin darme cuenta creo un espacio de intimidad en medio de una plaza pública. Lo aprendí hace años cuando al Ebro y a mí nos pilló la noche en medio de una ciudad en fiestas. Como hacen en la India cada día de su vida, en aquella excepcional ocasión (la primera de mi vida) me aseé en la fuente (incluidos los dientes), extendí mi esterilla en un rincón tranquilo de un parquecito y comí lo que tenía en la mochila. El mendigo del otro banco y yo éramos la excepción de la regla, me moría de pudor y de miedo a una agresión alcohólico-festiva de modo que me camuflé bajo la copa de un frondoso árbol y me puse a escribir. Cuando los fuegos artificiales dejaron de romper el cielo una pareja de enamorados que contemplaba los colores desde su ventana empezó a arrullarse. Quedé dormida entre palabras de amor, ese fue el regalo. Le hablaré al Ganges de mi Ebro.

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El río, mi río, el Ebro, mi adorado. Desde que llegué a esta tierra me siento legitimada para proclamar mi amor por los ríos. Digo en alto que les siento como si fueran seres vivos y no simples corrientes de agua y lo dan por descontado. Menean la cabeza de izquierda a derecha, asintiendo, mientras nombran a “Mother Ganga” o “Ganga Ma”, como no podía ser de otra manera.

Mahalaksmi me acompañó a Navadwip. Cruzamos el Hoogly (el Ganges cambia de nombre en este tramo) en una barcaza. Al fin me asomaba a sus aguas, justo en su unión con las del Jalangi. Bajo mis pies se dibujaban claramente las dos corrientes. En el suelo de la embarcación un niño dejó de jugar para clavar sus ojos en mí.

Poco antes de despedirnos mi amiga me llevó a la orilla y allí, en el último escalón de un ghat local, se postró ante el Ganges/Ganga, presentándole sus respetos: Metió las manos en sus aguas turbias y, susurrando un mantra, se roció la cabeza. Me invitó a hacer lo mismo. Había prometido a mis herman@s que no me dejaría llevar por la espiritualidad, la basura facilitó mi rechazo. A mi lado un hombre se desnudaba con la intención de pegarse un baño sacro, es decir, entrar en el río para entregarse a él y no para Nadar. Busqué una solución negociada y mojé una mano recordándome que no se me ocurriera comer nada con ella hasta que no estuviera limpia.

De las ceremonias que he compartido con lady Mahalaksmi la que me rompió el corazón fue la que gira en torno a un arbolito flaco, de la familia de la albahaca, que se conoce como Tulasi. Antes de que el alba abra la noche (lo llaman “la hora de la bondad”, el tiempo de Brahma muhurta) presentan sus respetos a esta especie de bonsai natural que a mí me recuerda a los retorcidos y generosos olivos del Barranc de Biniaraix aunque sé que para l@s devot@s se trata la representación de una diosa. No importa, veneran su existencia, lo adornan con flores, lo riegan con agua bendecida y giran a su alrededor tres veces en nutrido grupo. Contemplar a todas aquellas mujeres pequeñas envueltas en saris de colores alegres celebrando la existencia de un árbol me conmovió.

El primer verso del Isopanisad, uno de los antiguos textos sagrados del hinduismo, dice: “Dado que todas las cosas del universo están a la disposición del Señor, uno sólo debería tomar aquello que le es necesario y dejar el resto para aquellos a los que les es destinado”. Hace miles de años l@s habitantes de esta tierra creían en una vida sencilla y un pensamiento elevado; este planteamiento aún resuena en sus contemporáne@s. Sí, los plásticos les devoran. Tengo que decir en su descargo que en todo el tiempo que llevo en la India no he visto camiones de basura ni contenedores y que el único reciclaje que he podido constatar es el que hacen quienes rebuscan entre los desperdicios, junto a cuervos y canes.

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No olvidaré el modo de vida de Narotam, el hijo de Mahalaksmi. Por decisión propia estudia en un Gukula, una especie de internado, en el que convive con otros estudiantes de entre 5 y 25 años. El dia en que llegué a Mayapur le tocaba hacer la comida y llegamos precisamente a la hora adecuada. Su madre me llevó a una especie de enorme cabaña sin paredes cuyo techo era un exquisito entramado de cañas de bambú y allí encontré, en el suelo, unas brillantísimas hojas de coco. Imité lo que hacían los demás: me senté con las piernas cruzadas ante la que me correspondía y esperé. Para sorpresa mía, sobre aquel recipiente natural empezaron a servirme arroz, legumbres que jamás había probado, verduras de extraños nombres… Combinadas de tal manera que estuvieran presentes los seis sabores necesarios en una comida ayurvédica: salado, dulce, astringente, amargo, picante y ácido. En la cocina ayurvédica cada uno posee su propia composición elemental única y por ello cualidades curativas específicas.

Dos días después fuimos a visitar a Narotam al centro donde estudia y hace su vida cotidiana. Fui en una destartalada bici de ruedas pinchadas que me prestaron amablemente. Recorrí un sendero de platanales y arrozales, sorteé un puñado de hermosas vacas y a su joven pastor, dejé a un lado el frondoso recinto en el que descansaban los elefantes (la tarde anterior paseaban engalanados por el centro de la ciudad) y desemboquë en una especie de pagoda en cuyas escalinatas paseaban bucólicamente un reducido número de adolescentes ataviados con saríes de color azafrán o blanco, sin costuras.

Con dulce timidez Norudam hizo de guía. Comenzó por mostrarme la cocina: un espacio diáfano al aire libre salpicado por una docena de hornos hechos de barro que encienden con las heces secas de sus propias vacas. En el almacén (separado por unos muros de caña) brillaban decenas de ollas de cobre (eligen este material por sus propiedades bactericidas) y enormes sartenes de hierro fundido (aportan nutrientes a los alimentos). En el lavadero me mostró cómo consiguen tal esplendor: limpian los utensilios con la lejía obtenida de la ceniza, es decir, sartenes, ollas, vasos y fuentes, pues las hojas de coco que usan como platos alimentan a sus elefantes y por cubiertos usan las manos. Por lo visto, tocar lo que se va a comer prepara los jugos gástricos. Me imagino a Jaume allí, seguro que harían buenas migas a pesar de las diferencias. Norudam está rehabilitando un velero con el que quisiera remontar el Ganges, después de nuestro encuentro entra en una clase de percusión…

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(Las duchas del internado, aunque, por lo que he visto, quizás debiera denominarse “externado”)

Me iba desgranando datos en la medida que le hacía preguntas: La mayoría de sus alimentos proceden de su propia huerta. Este año las vacas dan poca leche y han tenido que comprarla a otros vaqueros pero la producción de gur (azucar prensada procedente de la caña de azúcar) va viento en popa. El Gukula es autosuficiente al 80%. Me enseñó el molino en el que dos compañeros terminan de verter el meloso líquido en unos recipientes mientras yo le intentaba explicar que astrología, matemática, música y filosofía (lo que él estudia) me parecían ramas de conocimiento muy ligadas pero que en España no forman parte de una misma carrera. Haciendo equilibrios entre las rocas del sencillo jardín por el que corría un arroyo artificial llegué a las duchas, un vergel alimentado por pozos de agua subterránea.

Norudam ha elegido este modo de vida. Sí, a Jaume le gustaría… Si no fuera porque se levantan a las dos y media de la madrugada para asearse, dejar el lecho en orden y comenzar con las ceremonias a la famosa hora de la bondad, que les llevará cinco horas de dedicación cada dia de sus vidas en el centro, amén del resto de sus actividades. Ah, y porque la sexualidad es sólo bienvenida si se hace con placer y con fines reproductivos.

Dejo de escribir, mis compañeras de viaje me avisan. ¡El Ganga, al fin, se asoma por la ventanilla! De fondo, Varanasi. Comienza una nueva etapa del viaje. Del amor paso a contemplar la muerte. A ver de qué me entero.

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