De Kolkata, sus blancos dientes

Las palabras son naves a las que se suben quienes las reciben, eso aprendí en los días previos a mi partida. Lo recuerdo ahora, sentada en el camastro en el que dormita Sukumar, el vigilante de este edificio. Frente a la puerta de acceso a la biblioteca hay una fuente, eje de una frenética actividad. En torno al chorro de agua (que arrancan a base de apretar una pesada palanca con ambas manos) giran ollas, ropas, cuerpos, bicicletas… Dos jóvenes pasean con sendos cepillos de dientes en la boca con gesto de desgana, la espuma blanca de la pasta se asoma por la comisura de sus labios. Un niño se asoma a la puerta; hace unos minutos le fotografié junto a su madre. Les mostré la foto, reímos, y ahora vuelve.

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Había salido a dar una vuelta por el barrio con la intención de rescatar instantes. La actividad de la calle y de mis neuronas había comenzado al amanecer. El herrero daba golpes en la pequeña fragua, los vendedores de coco desplegaban su mercancia, el carbonero blandía el martillo. Los altares con las ofrendas a la diosa Kali aún tenían las cortinas plegadas, me sorprendió que del mismo modo que les ofrecen alimento pongan a sus deidades a dormir. El día anterior ví las pequeñas esculturas cubiertas de flores frescas en varios rincones del camino.

El dia anterior, ayer. Llevo tal descontrol de sueño que mezclo los dias; o quizá sea un efecto colateral de vivir en este área de Kolkata, Kalighat, pues la diosa que le da nombre, Kali, es la devoradora del tiempo. Señora de los ciclos de la naturaleza, sus tres ojos representan el pasado, el presente y el futuro; encarna la muerte y la resurrección, el amor germinador y la violencia, destruye las apariencias que anestesian y los egos, ligada al sexo salvaje, no teme verter sangre, como madre del lenguaje levanta la espada de la verdad. ¿No quería viajar a Kolkata para discernir sobre el amor y la muerte? Pues aquí estoy; es en este lugar del mapa de la India donde el azar ha situado mi punto de acogida. Kolkata tiene 185 kilómetros cuadrados de extensión, desde luego mi suerte tiene un fino sentido del humor.

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Fue ayer, hace unas horas, que pateé el barrio hasta alcanzar el templo de esta deidad. Había leído que en sus inmediaciones se levanta el barrio rojo, el edificio en el que Teresa de Calcuta empezó a acoger enfermos terminales (Nirmal Hriday) y una intensa actividad comercial relacionada con la devoción a Kali (flores, polvos rojos y naranjas para los tilakas -los puntos que se puntan en el entrecejo-, reproducciones de la diosa, avalorios…), de modo que me preparé para el ruido, el polvo y uno de mis pequeños miedos: perderme.

Me resisto a contemplar a mis semejantes como si fueran bichos de feria hasta el último matiz: disuelvo la imagen que sugieren ciertos nombres. Mis ojos no buscarán a esos cientos de mujeres que ejercen la prostitución en condiciones infrahumanas en la zona, ni a las decenas de personas que se hacinan a las puertas de un edificio esperando a que alguien cuide sus cuerpos, ni a esos seres humanos que por haber nacido en la casta equivocada se les niegan los recursos que les permitirían tenr una vida digna. No les retraté, simplemente caminé por las calles observando su actividad. Fue tan intenso que queriendo encontrarme con el río Hoogli (descendiente del Ganges) cumplí mis malos augurios y me perdí, eso sí, sin un ápice de miedo. Me habían contado que en este país quienes se casan, invitan a la boda a las deidades benignas y las malignas para que participen en la alegría general y ninguna sienta la más mínima malicia. Antes de salir de mi residencia invité a mi miedo a desayunar… Y tan amig@s.

Lo qué sí sucedió es que alcancé el templo pateando callejuelas hasta topar con Kali Road. Las larguísimas colas de feligreses que esperaba encontrar para ver a la diosa no existían, luego me enteré que precisamente los jueves son el dia de menor afluencia. Entré por la puerta número 2, que resultó ser el acceso más cercano al templo, así que de golpe me encontré en las escaleras que dan al altar, calzada y con cara de “¿pero yo dónde he aparecido?”. Un hombre me abordó, exigiendo que dejara los zapatos bajo un banquito. Era uno de esos “guias” que suelen atajar a l@s extranjer@s durante el camino, visiblemente sorprendido por verme ahí sin acompañante. Diez minutos después ya estaba fuera, con 20 rupias menos en el bolsillo (querían que les diera 500), sin que hubiera podido ver de cerca la escultura, que era lo que yo pretendïa. Por lo que sé, esta representación no es antropomórfica, aunque en las pinturas figura como una mujer de piel oscura que baila en estado de éxtasis, con la lengua fuera, luciendo un collar de cadaveras y portando una cabeza cortada en una de sus cuatro manos. En el altar del templo lo que pude ver durante unos escasos minutos fue una especie de piedra negra, ovalada, con tres ojos dorados y bajo los cuales se supone que se extiende una enorme lengua dorada.

He de reconocer que de esa representación lo que más me atrae es su lengua burlona, que no he conseguido saber qué simboliza (unos interpretan que representa a su voluntad de gozar de manera insaciable) pero que tanto me gusta sacar. Al salir de allï me preguntaba dónde quedaron los rituales de culto a esa diosa. La respuesta llegó horas después: en la calle, lejos de allí, en una de las esquinas a las que ahora me asomo. Era de noche, venía de comprar un coco en el mercado y creí que se trataba de una fiesta. Resultò ser una ceremonia que ya llevaba más de una hora en marcha. Mujeres, hombres y niñ@s cantaban y daban palmas frente a un altarcito florido. De las casucas salían de vez en cuando jóvenes con barras de incienso, mujeres con platillos con fuego encendido, que durante unos minutos presentaban sus respetos y volvían a sus quehaceres… Me invitaron a descalzarme, pintaron de naranja mi entrecejo y allí estuve durante un rato haciendo lo que tanto me gusta: bailar y bromear con l@s niñ@s.

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El taxi que espero lleva más de una hora de retraso. Me digo que esto es India. Confío. Permanezco en silencio, ligeramente separada de lo que veo. Regresa a mi cabeza una de mis últimas conversaciones en Palma: Quienes narramos construimos habitaciones en el aire que otros habitarán, deberíamos de escribir como quien invita a alguien a comer en su mesa y dormir en su cama, con cuidado, respeto y alegría, sabiendo que cada frase es una posible experiencia y, como tal, convoca a todos los sentidos.

Entiendo que tantos credos se sostengan en la palabra escrita, en textos que consideran sagrados, y que los conviertan en pilares de su fe. Los relatos son puntos de encuentro que atraviesan el tiempo y la distancia. Hay quienes se asoman a ellos y pueden percibir el silencio en el que se sostiene el pensamiento antes de ser formulado. Espero en la puerta de una biblioteca en la que recuperan uno de los textos sagrados del hinduismo y no puedo dejar de plantearme las realidades que generan los arquetipos y las heroicidades repetidas en el tiempo. Estoy en un barrio que crece bajo la influencia de un relato protagonizado por un tipo de deidad capaz de sumar el amor apasionado y la muerte violenta. Ese es el referente. Está apuntalando todas las esquinas. Aún soy incapaz de llegar a ninguna conclusión. Mi única certeza, por el momento, es que el camino empieza a estrecharse, veo acercarse la línea en la que deambularé y por no tener red, ni siquiera he traído una mosquitera.

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Llega el taxi. Fuera, una vecina me sonríe y me pide que le haga una foto. Junto a la fuente, claro. Cuando se la enseñé comprendí que me la había pedido no por ella sino porque se había dado cuenta que me apetecía hacerle fotos.

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